lunes, febrero 16, 2009

La venganza de Putin


Ayer se cumplió el aniversario de la retirada soviética de Afganistán, de la derrota de los comunistas a manos de los mujaidines. A lo largo de aquella guerra de casi 20 años, participaron 620.000 soldados, con un saldo de 15.000 muertos y un gran número de heridos. Tras todos esos años y pérdidas, por no hablar de los costes económicos y de material, la URSS abandonó al gobierno de Najibullah que sería asesinado por los triunfantes guerrilleros islamistas sacándolo de las dependencias de la ONU y colgándole.
Se ha considerado la retirada soviética como una derrota, mas en el aspecto político que en el militar, al igual que ocurrió en Vietnam con los norteamericanos. Hoy se cuestiona en algunos círculos rusos si aquella retirada fue adecuada, por lo menos en su forma y tiempos. Mientras en oteros círculos, estos occidentales, se cuestiona mucho más la ayuda estadounidense a los guerrilleros, pues allí nació la moderna Yihad contra occidente.
En aquel momento parecía una buena idea combatir a la URSS en Afganistán, apoyando a grupos que todavía no habían enseñado la “patita” radical y donde se mezclaban islamistas, nacionalistas y grupos regionales. No era previsible que de aquella guerra eclosionara el fundamentalismo islámico, pero así fue.
Los rusos justifican su entrada en Afganistán en defensa de un gobierno “progresista” y para frenar el incipiente movimiento islámico que ya amenazaba sus entonces repúblicas centroasiáticas. Tanto la URSS como EE.UU. tenían su justificación estratégica y política para intervenir en aquel país, lo que ninguno vio fue la hidra que de allí surgiría.
La derrota en Afganistán aceleró la descomposición de la URSS, despojó al mítico Ejército Rojo de su parafernalia victoriosa y envolvió al ya melancólico país en una crisis moral, social y política.
Mas de 10 años ha tardado Rusia, ya no la URSS, en empezar a recuperar algo de su viejo prestigio. Con Putin en el poder y debido al crecimiento de los ingresos de las materias primas, el nuevo régimen está en proceso de recuperar parte de su antiguo esplendor. Sus éxitos en Georgia, ante el silencio cobarde de Europa y la tímida defensa por parte de EE.UU. en proceso de cambio presidencial; su poderío en controlar las fuentes gasísticas hacia Europa, poniendo a ésta de rodillas y, de paso, colocando las bases para recuperar a Ucrania como estado vasallo, tal como ocurre con Bielorusia; sus nuevos escarceos militares y políticos en Latinoamérica, reforzando sus acuerdos y estableciendo bases en Cuba y Venezuela o su demostración de fuerza en el Ártico, son hitos de la recuperación imperial propugnada por el nuevo zar.
Pero si todo lo anterior es importante, donde Rusia está dando y ganando, la batalla es en Asia Central. La reedición del Gran Juego del siglo XIX, ahora entre Rusia y EE.UU. con alguna intervención de China, está permitiendo a Rusia la posibilidad de recuperar un cierto control sobre los países “stan”, ahora independientes pero cada día mas alineados con Moscú. A través de instrumentos como la Organización de Cooperación de Shangai, creada en 2001 y que engloba a Rusia, China, Kazajstán, Uzbekistán, Tayikistán y Kirguizistán, estando como observadores Mongolia, Irán, India y Pakistán, la nueva Rusia impone su influencia en esa área que Europa y EE.UU. creían haber ocupado tras la debacle soviética. Muy al contrario, esos países, regidos en su mayoría por déspotas crecidos a la sombra de la tiranía comunista, no estaban dispuestos a que en sus países entrase, la libertad, a democracia ni el libre mercado y cuando la UE y EE.UU. empezaron a exigirles comportamientos adecuados a los principios antes mencionados, prefirieron volverse hacia la mas benevolente Rusia a la que no le preocupa el estado de las libertades en esa zona, tan solo sus intereses estratégicos y que, coincidiendo con la época de bonanza económica, no ha dudado en subvencionar a los tiranos y ganarse su complacencia.
En un momento que el nuevo presidente norteamericano está dispuesto a incrementar la presión en Afganistán y, para ello, aumentar el número de tropas, Rusia va cegándole las bases de aprovisionamiento, la última la de Manàs en Kirguizistán, de forma y manera que los suministros de las tropas de la OTAN y norteamericanas, pasen por territorio bajo control, directo o indirecto, de Rusia y, con ello, ganando un gran peso estratégico, ya que los occidentales deberán pactar con Rusia para no quedarse aislados de sus bases de retaguardia y, por tanto, sin suministros. A cambio, lógicamente, Rusia va a pedir fuertes compensaciones y no precisamente económicas o solo de ese tipo, más bien optará a recuperar antiguas zonas de influencia e intentará aumentarlas, por lo que podemos encontrarnos en vísperas de un nuevo Yalta.
Veinte años después de la retirada soviética, el nuevo régimen ruso dirigido por el kagebista Putin recupera el poder en la zona y pone a los occidentales a sus pies, pues dependen de él para su campaña afgana. Con ello, el siempre imperialista y nacionalista líder ruso consigue la venganza por aquella derrota de hace 20 años y, por lo menos en parte, sana las heridas abiertas en la muy chovinista sociedad rusa que ha esperado muchos años esa revancha que Putin le está sirviendo.

1 comentario:

Mariano Juan-R dijo...

Lúcido y documentado análisis de política internacional en el que aprecio, muy positivamente, la ausencia de ese irritante tono y/o estilo entre exaltado y "violento" que acompaña, lamentablemente, algunos "posts" anteriores. ¡Ah, esas maneras que hay que mimar, en especial, por un "liberal-conservador" para una sana convivencia democrática!. Saludos cordiales.